• Elisa Valenzuela

El día que renuncié a las dietas

Actualizado: 4 ene




La experiencia que he tenido en esta vida con este cuerpo, ha sido un viaje difícil y triste, por decir lo menos. Escribiendo estas palabras incluso quisiera volver el tiempo atrás al momento en el que comencé a rechazar mi cuerpo, para decirme a mi misma que así soy perfecta y evitar la catástrofe que se venía después, pero sé también que este es el lugar en el que debo estar y este es el viaje que debía recorrer para llegar a este día en el que comparto contigo mi experiencia, esperando que haya ahí afuera alguna adolescente dudosa de su belleza o una ama de casa que odia sus lonjas o un joven que no se siente merecedor de amor porque no tiene six pack, que me lean y encuentren mi testimonio como una pequeña lucecita que les haga iniciar su propia búsqueda de amor propio o aunque sea de aceptación.


¿Por qué digo que ha sido un viaje difícil y triste? Porque ha estado acompañado de múltiples luchas por ser distinta a lo esperado, por inseguridades y temores de no merecer ser amada por mi peso , por pánico a moverme y hacer deportes porque no me consideraba adecuada o porque la única razón que existía era para “estar en forma” , “modificar mi cuerpo” , “estar sana” : todos mensajes que me recordaban que no era como debería ser o que mi vida no era la que debería tener.


Veo fotos de mi adolescencia, cuando me sentía una ballena horrible y poco digna de amor y me sorprendo al no encontrar si quiera kilos de más. El viaje de quince años de mi mejor amiga, estuvo marcado por el trauma de lo mal que me veía en traje de baño y lo fea que era a comparación de mis amigas (ahora que veo las fotos no encuentro nada de eso que sentía).


En el viaje de XV años de mi mejor amiga

No tengo el recuerdo del momento en que la imagen del espejo que yo veía, simplemente como el de una niña normal se convirtió en el de una “niña gordita”, pero sí recuerdo que desde ya edad temprana, unos 8 o 9 años, recibía comentarios de mi familia acerca de mi “talla”, incluso mi pediatra comenzaba a decirle a mi mamá que tenía que vigilar mi peso.



Muchas veces lo que el mundo me decía , no coincidía con lo que yo veía , recuerdo que hubo tiempos en lo que podía ver a una niña o una adolescente normal , con un cuerpo lindo. Pero poco a poco, esas voces de fuera , se comenzaron a volver mías, hasta que llegó un día en el que me creí por completo que para ser feliz, tenía que habitar en un cuerpo distinto al mío , porque al parecer el mío no era bien visto.

Comencé a escuchar a mi papá repetirme incansablemente : “si no haces ejercicio y cuidas lo que comes, vas a acabar gorda como yo, hay muchos gordos en la familia” , “yo antes hacía muchísimo ejercicio y tenía un cuerpazo y mírame ahora, a los 30 empecé a engordar”.



En Nicaragua a los 9 años aproximadamente. Ahí ya recuerdo sentirme "gorda"


La familia de mi papá jugó sin duda un papel importante en este tema de la imagen corporal, él mismo era víctima de la gordofobia de su papá, parientes y hermanos , cada vez que íbamos de visita a Nicaragua a ver a la familia, los primero comentarios tenían que ser sobre si habíamos ganado o perdido peso, claro siempre con una felicitación si es que los números de la báscula restaban.


Cada que se acercaba un verano yo me sentía presionada a hacer dieta, para llegar “más delgada” a Nicaragua y si no lograba mi objetivo me esperaba un viaje incómodo teniendo que escuchar comentarios no solicitados acerca de mi peso.


Mi mamá por otro lado, siempre tuvo una lucha similar, siendo “la gorda” (jamás fue gorda) de la familia. Su preocupación por el peso y por la comida siempre estuvieron presentes en ella y luego proyectados en mí. Todavía hasta hace poco cuando le decía que no tenia hambre su respuesta era: “que bueno, así no engordas”, estaba acostumbrada a escuchar cosas como: “si adelgazas te compro un guardarropa nuevo o te doy un premio”. Crecí con una relación con la comida en la que aprendí de mis papás a comer bien y mucho, pero también a sentirse mal por comer, parecía que el placer por la comida iba acompañado de culpa o vergüenza.


Entiendo que vivimos sumergidos en una cultura gordofóbica, donde parece que se nos ha permitido el opinar sobre el cuerpo de otros en nombre de la salud y que esta necesidad por tener el cuerpo perfecto viene de la industria de las dietas que con tal de vender te van a decir que todos podemos obtener el mismo tipo de cuerpo, si hacemos tal entrenamiento , ejercicio, si tomamos esa pastilla o si pagamos por aquella dieta , prometiéndonos la felicidad al final de arcoíris en forma de aceptación y éxito. Todos hemos sido víctimas de esta cultura y la mayoría de las veces esta búsqueda por adelgazar o modificar nuestro cuerpo (o el de otros) viene desde un lugar de buenas intenciones, pero es momento de decir que ha hecho mucho más mal que bien a nuestra salud física y psicológica.


Volviendo a mi historia, cabe aclarar que hasta ese punto de mi vida, desde mi pubertad y hasta mis adolescencia tardía, nunca fui “gorda” ( en los términos de las escalas de medición que se usan , como el índice de masa corporal) , si acaso entraba en el rango de “sobrepeso” muchas veces con uno o dos kilos sobre lo “normal” o cuando mucho 5 , era lo que cualquiera llamaría “llenita”.

Sin embargo, eso no me libraba de tener que escuchar las opiniones de quien fuera acerca de mi apariencia física.


A los XV años ya llevaba unos 2 o 3 años haciendo dietas



Comencé a hacer dietas desde chica, recuerdo que la primera dieta que hice fue una que un amigo de mi papá que era “bariatra” le recomendó, esta se la daban a los pacientes cuando se necesitaban someter a una cirugía y tenían que bajar mucho en poco tiempo. Estaba en secundaria. Recuerdo todavía que un día tocaba sólo comer salchichas, con galletas saladas y zanahorias cocidas, otro día era caldo todo el día , etc… en fin una dieta altamente restrictiva, justo en medio de mi proceso de desarrollo y crecimiento ¡y con papás médicos!


No es por juzgarlos, ellos traen cargando sus propias heridas con su imagen corporal, y también ahora entiendo que en el mundo médico existe mucha desinformación acerca de la verdadera correlación del peso con la salud y es de hecho uno de los lugares donde más discriminación y abuso a los pacientes ocurren por la gordofobia disfrazada de “búsqueda de salud”. Pero mi papá siempre supo todo eso, lo recuerdo desde siempre hablando de miles de estudios donde se puede observar la falsa correlación del peso con indicadores de salud, y el hecho de que muchas condiciones que se relacionan casi exclusivamente con el sobre peso o la obesidad , no son exclusivas en realidad de esto, pero no voy a entrar en detalles hoy con toda esa información porque esto va a ser interminable (te recomiendo que si te interesa el tema, busques sobre el enfoque Salud en Todas las Tallas (HAES)).

Creo que en realidad si mi papá permitió que hiciera dietas no fue tanto por el tema de salud, sino porque pensó que si bajaba de peso, me iba a sentir más segura de mí misma (también mi mamá).


En fin, lo que me encontré después de la primera dieta fue un :”wow”, “bravo” , “felicidades” “te ves muy bonita” , “tienes un cuerpazo” … y así amigos, me enganché en ese mundo de perseguir interminablemente un ideal de cuerpo que no era el mío , de desconectarme de mí misma, de rechazar lo que veía día tras día frente al espejo.

Con las dietas comenzaron inevitablemente los rebotes, y con cada dieta el rebote era más grande , así que fui gradualmente subiendo más y más de peso. Sintiéndome culpable por “abandonar la dieta” (que siempre era insostenible) y en el medio comiendo sin parar para compensar de lo que me había privado . Llegó mi relación compulsiva y de amor-odio con la comida.


Mientras más subía de peso, claro, más me rechazaba y más recibía comentarios de fuera tipo: “tal vez los niños no te hacen caso porque estás gordita”, “estás bonita de la cara, si adelgazaras serías perfecta”, “¿comes mucho?”, “¿te vas a comer eso?”, “¿no has intentado ponerte a dieta?” , “deja lo estético, es por tu salud”, y un enorme etcétera.




A veces me llegaba la claridad y mi reflejo en el espejo no era tan duro conmigo, me veía linda y me preguntaba ¿qué estaba haciendo mal? , ¿por qué otros al parecer no podían ver a través de mi pancita y mis cachetes?, ¿por qué no podía tener esa seguridad que veía en las personas “delgadas” y “en forma”? y la respuesta siempre era : porque estás gorda y nadie te va querer hasta que dejes de serlo, y comenzaba de nuevo la espiral.


En resumen pasé desde mi pubertad hasta ya bien avanzados mis 30s creyendo que para amarme y ser digna de ser amada, tenía que modificar mi cuerpo, pero si bien tuve momentos fugaces de “éxito” , nunca logré mantenerlo.




A mis 27 años cuando hice una dieta super estricta y bajé más de 15 kilos

Hoy puedo decir por primera vez que estoy comenzando a liberarme de esa espantosa necesidad de ser alguien más y querer habitar un cuerpo que no es el mío.